mold 3.0: el enlazador más rápido de Linux se reescribe en Rust y va a por el puesto de GNU ld

De todos los pasos que hay entre el código y un programa que funciona, el último es el que menos atención recibe y el que más suele hacer esperar. El compilador traduce cada archivo por separado, y después el enlazador tiene que coser todas esas piezas —más las bibliotecas— en un único ejecutable: resolver cada símbolo, colocar cada sección, ajustar cada dirección. Es un trabajo que no se puede repartir fácilmente y que hay que rehacer entero cada vez que cambias una línea.

En proyectos grandes eso se nota. Enlazar un navegador o una biblioteca de aprendizaje automático con el enlazador clásico de GNU puede llevar decenas de segundos, cada vez, al final de cada compilación. Ese es el hueco que vino a ocupar mold, que escribió Rui Ueyama partiendo de cero. No es un recién llegado al asunto: Ueyama es el autor original de lld, el enlazador de LLVM, y empezó mold precisamente porque se topó con límites de diseño que ya no podía arreglar optimizando aquel.

El resultado es, con diferencia, el enlazador más rápido que hay para Linux. Y aun así, la inmensa mayoría de las distribuciones siguen trayendo GNU ld como /usr/bin/ld. «Me parece una situación desafortunada para la comunidad de Linux», dijo Ueyama en septiembre, asumiendo parte de la responsabilidad.

El 5 de octubre de 2026 publicó la versión con la que pretende cambiarlo. Y lo primero que ha hecho ha sido tirar el código y volver a escribirlo.

mold 3.0 es la primera versión escrita en Rust. La 2.42.1, del 11 de septiembre, fue la última del código en C++. No es una bifurcación ni un experimento paralelo: es la rama principal, y se presenta como sustituto directo de la anterior. Mismas opciones de línea de órdenes, mismas arquitecturas, misma salida salvo las correcciones de errores, y —esto es lo que no era evidente— la misma velocidad: «el rendimiento al enlazar sigue a la par con 2.42.1», dicen las notas de la versión.

Lo interesante es que la reescritura no es el objetivo. Es el medio.

Claves de mold 3.0

  • Escrito entero en Rust. Requiere Rust 1.95 o posterior y un compilador de C. Se construye con Cargo en vez de CMake.
  • Una dependencia menos. Ya no necesita oneTBB, la biblioteca de paralelismo de Intel; el paralelismo lo resuelve ahora con las herramientas del propio Rust. Sigue enlazando estáticamente mimalloc 3.5.3 como reservador de memoria.
  • Sustituto directo de la 2.42.1. Acepta las mismas opciones y produce la misma salida. El equipo pasó la batería de pruebas en todas las arquitecturas soportadas y no encontró regresiones.
  • Sin coste en velocidad. El rendimiento se mantiene igual que en la última versión en C++, que es lo que había que demostrar: una reescritura que fuera más lenta no habría servido de nada.
  • El objetivo de la serie 3.x es cerrar lo que falta para ser compatible con GNU ld, y muy en concreto el soporte de linker scripts.
  • Licencia MIT, como la 2.x.

Las cifras

De la tabla de pruebas del propio proyecto, medida en 2026 sobre un Threadripper 7980X y en compilación de depuración, que es el caso que de verdad importa porque es el que repites cien veces al día:

Programamoldlld
Blender0,86 s4,72 s5,5×
Chromium1,65 s16,64 s10,1×
TensorFlow3,15 s50,73 s16,1×

Y conviene leer bien contra quién se compara: lld, el enlazador de LLVM, que ya es bastante más rápido que GNU ld. Los cincuenta segundos de TensorFlow son con el rival bueno.

Por qué importa

Lo primero es lo evidente: medio minuto de espera al final de cada compilación no es solo tiempo perdido, es tiempo en el que te vas a otra cosa y pierdes el hilo. Un ciclo de tres segundos y uno de cincuenta producen formas distintas de trabajar.

Pero lo segundo es más importante, y es el motivo real de esta versión. Casi nadie cambia su enlazador. Hay que saber que existe la alternativa, saber que se puede cambiar y saber cómo; la mayoría de la gente que compila software en Linux usa lo que venga puesto. Por eso Ueyama no quiere que mold sea una opción que instalas: quiere que sea /usr/bin/ld.

Y ahí está el obstáculo técnico que explica todo lo demás. Para ser el enlazador del sistema no basta con enlazar programas de usuario: hay que poder enlazar también el núcleo, los cargadores de arranque y el software empotrado, y todo eso depende de los linker scripts, unos archivos que describen al detalle cómo colocar cada sección en memoria. GNU ld los soporta por completo. mold, todavía no del todo. Cerrar esa distancia es, literalmente, el propósito declarado de la serie 3.x.

¿Y por qué reescribirlo en Rust justo ahora, antes de esa tarea? Ueyama lo atribuye a las garantías de seguridad del lenguaje y a otras comodidades que le resultan útiles como desarrollador principal. Dicho de otro modo: no es un cambio pensado para el usuario, sino para quien tiene por delante años de mantener y extender un programa muy concurrente y muy manipulador de memoria.

Rust ya está en los cimientos de Linux

mold no es un caso aislado. Es una pieza más de un movimiento que lleva un tiempo ocurriendo por debajo, y que este último año ha dejado de ser una promesa.

En el núcleo. El 12 de diciembre de 2025, Miguel Ojeda envió a la lista del kernel un parche con un título que lo resume: «rust: conclude the Rust experiment». No añadía ninguna funcionalidad; quitaba dieciocho líneas de documentación, las que avisaban de que el soporte de Rust era experimental y que ningún controlador en Rust servía para producción. «En la cumbre de mantenedores de 2025 el experimento acaba de darse por concluido», explicaba el mensaje. «El experimento ha terminado, es decir: Rust se queda.»

No es una declaración simbólica. Hay controladores en Rust funcionando y en la lista del propio proyecto Rust for Linux: el Binder de Android —que va en millones de teléfonos—, el controlador de GPU Nova para hardware de NVIDIA, Tyr para las GPU Mali de Arm, el controlador de dispositivo de bloques nulo, y controladores de red PHY.

En el espacio de usuario. Ubuntu 25.10 fue la primera versión que puso por omisión uutils, la reimplementación en Rust de las utilidades básicas —ls, cat, cp y compañía—, junto con sudo-rs en lugar del sudo de toda la vida. En la 26.04 LTS la transición se frenó a propósito: cp, mv y rm se quedaron en sus versiones GNU porque una auditoría externa encontró problemas de tipo TOCTOU en las implementaciones nuevas. Esos tres son los que faltan, y Ubuntu 26.10 —que sale el 15 de octubre— está previsto que complete el cambio.

Ese episodio merece subrayarse, porque es el contrapeso honesto de toda esta historia: escribir algo en Rust no lo hace correcto. Evita una familia concreta de errores, la de memoria; no evita que una comprobación se haga en el momento equivocado.

En las herramientas. mold tampoco es el único enlazador nuevo en Rust. wild, de David Lattimore, persigue un objetivo distinto: ser rápido en el desarrollo iterativo, y a la larga hacer enlazado incremental, rehacer solo la parte que cambió en vez del ejecutable entero. Eso último todavía no está implementado, según su propia documentación, y aun así ya es lo bastante rápido como para que las pruebas de mold lo incluyan entre los rivales a los que medirse. El proyecto lo respalda el Rust Innovation Lab de la Fundación Rust.

Lo que esto no es

Tres precisiones, porque este tipo de noticias se cuenta mal con facilidad.

mold 3.0 todavía no enlaza el kernel de Linux. Poder hacerlo es el objetivo de la serie 3.x, no algo que esta versión traiga ya resuelto. Lo que se ha publicado es la misma funcionalidad de antes, sobre una base nueva.

No hace tus programas más seguros. Un fallo de memoria en un enlazador produce un binario roto o un enlazador que se cae, no una vulnerabilidad en el programa que estás compilando. El beneficio de Rust aquí es para quien mantiene mold, no para quien lo usa.

Ninguna distribución ha anunciado el cambio. Que mold aspire a ser el enlazador por omisión no significa que vaya a serlo. Eso se decide distribución por distribución, y pasa por convencer a gente que tiene buenas razones para ser conservadora con una pieza de la que depende absolutamente todo lo demás.

Con esas tres salvedades, lo que queda sigue siendo notable. Un programa de sistema, de los de verdad, de los que están debajo de todo lo demás, ha cambiado de lenguaje sin perder un ápice de rendimiento y sin que sus usuarios tengan que tocar nada. Hace cinco años ese era el argumento que se usaba para decir que no se podía hacer.

Más referencias sobre Rust en Linux: «rust: conclude the Rust experiment», de Miguel Ojeda (LKML, 12 de diciembre de 2025) · Rust for Linux, con la lista de controladores en el núcleo · Phoronix sobre el fin del experimento · documentación de sudo-rs en Ubuntu · OMG! Ubuntu sobre el final de la transición a uutils · wild, el otro enlazador en Rust · Phoronix sobre el anuncio de la reescritura.

Fuente: notas de la versión mold 3.0.0 (5 de octubre de 2026) y el repositorio de mold, de donde salen las cifras de las pruebas.

El cohete vuela con Linux, C++ y un navegador web: lo que SpaceX ha contado de su software

Interior de una cápsula Crew Dragon con dos astronautas, junto al titular sobre el software de vuelo de SpaceX

El software que lleva a una persona al espacio tiene fama de ser una cosa aparte: lenguajes raros, procesadores endurecidos contra la radiación que cuestan una fortuna, sistemas operativos de tiempo real diseñados para aviones y décadas de certificación. Durante mucho tiempo fue exactamente así, y en buena parte de la industria lo sigue siendo.

SpaceX lo hace de otra manera, y lo ha contado. No hay código abierto ni documentación oficial, pero su equipo de software se ha sentado tres veces a responder preguntas en abierto —en 2013, en 2015 y sobre todo en junio de 2020, unos días después del primer vuelo tripulado de la Crew Dragon—, y de ahí sale casi todo lo que se sabe. Esto es lo que dijeron, y lo que conviene no dar por cierto.

Claves

  • Sistema operativo: Linux. No un sistema de tiempo real clásico, sino un Linux poco modificado con los parches PREEMPT_RT, con núcleo y cadena de herramientas propios.
  • Lenguajes: C++ para el software de vuelo, Python para las pruebas y HTML, CSS y JavaScript para las pantallas de la Crew Dragon.
  • Sí, un navegador: esas pantallas las dibuja Chromium, el mismo motor que hay debajo de Chrome. Solo dibuja; no pilota.
  • Nada de silicio especial: componentes comerciales corrientes en vez de procesadores endurecidos, y la radiación se compensa con el diseño del sistema.
  • Triple redundancia: cada decisión se calcula tres veces y se vota antes de emitirla.
  • Un equipo pequeño: unas 35 personas en 2013 y en torno a 50 hacia 2019 para todo el software de vuelo de todos los vehículos.

Cómo se toma una decisión a bordo

Esta es la parte interesante, y la que explica por qué se pueden usar procesadores de los que lleva cualquier portátil. En vez de comprar un chip carísimo que aguante la radiación, SpaceX asume que un chip corriente va a equivocarse de vez en cuando y monta el sistema para que una equivocación no llegue a ninguna parte.

El esquema de redundancia triple con el que el Falcon 9 toma cada decisiónCómo se toma una sola decisión a bordo del Falcon 9hilo de vuelo 1núcleo 1núcleo 2¿coinciden?si no, no emite nadahilo de vuelo 2núcleo 1núcleo 2¿coinciden?si no, no emite nadahilo de vuelo 3núcleo 1núcleo 2¿coinciden?si no, no emite nadael controlador compara los tressi uno discrepa, hace caso al que venía acertandola orden sale al motorProcesadores comerciales corrientes: la radiación se compensa con el diseño, no con silicio especial

El mecanismo se conoce como actor-juez. Hay tres «hilos de vuelo» independientes, cada uno con dos núcleos que ejecutan lo mismo. Un hilo solo emite una orden si sus dos núcleos coinciden; si discrepan, calla. Después, el controlador que recibe las órdenes compara los tres hilos: si los tres dicen lo mismo, adelante; si uno se sale, se hace caso al que venía acertando y se ignora al discrepante.

Los motores Merlin del Falcon 9 llevan su propia versión del mismo reparto: tres ordenadores que votan, cada uno con dos procesadores que se vigilan entre ellos.

Por qué esto importa más de lo que parece. Un procesador endurecido contra la radiación suele ir una década por detrás en potencia de cálculo, porque el proceso de fabricación que lo hace resistente es antiguo. Resolver la fiabilidad con arquitectura en vez de con silicio deja usar piezas actuales, baratas y potentes. Es la misma decisión de fondo que hace que un Falcon 9 cueste lo que cuesta.

Qué corre dónde

Las capas del software de un vehículo de SpaceXLas capas, de lo que ve el astronauta a lo que hay debajoPantallas de la Crew Dragoncon botones físicos de respaldoHTML · CSS · JavaScript, dibujado por ChromiumSoftware de vuelolo que de verdad pilota; Chromium no entra aquíC++Sistema operativonúcleo y cadena de herramientas propiosLinux con los parches PREEMPT_RTProcesadortriple redundancia en lugar de silicio especialcomponentes comerciales, no endurecidosNada de esto es código público: sale de lo que el propio equipo ha contado en abierto

La capa de arriba es la que dio que hablar. Cuando los astronautas de la Demo-2 pilotaron la cápsula con pantallas táctiles, resultó que lo que veían era HTML y JavaScript dibujados por el mismo núcleo que hay debajo del navegador Chrome. SpaceX usa Chromium únicamente como motor de dibujo, con una biblioteca reactiva propia encima, y lo mantiene aislado del resto: según el equipo, una pestaña colgada no se lleva por delante la cápsula. Y hay botones físicos de respaldo para lo esencial.

Debajo, lo que de verdad vuela la nave es C++ sobre Linux, y ahí Chromium no entra.

Starlink juega con otras reglas

Lo más revelador de la sesión de 2020 fue la comparación entre las dos mitades de la casa, porque enseña que no hay «una» manera de hacer software en SpaceX, sino dos muy distintas según lo que pase si algo falla.

Crew DragonStarlink
Qué pasa si falla unoEs una pérdida de misiónPerder un satélite no es una pérdida de misión
Ritmo de cambiosEl código se congela meses antes del vueloActualizaciones aproximadamente semanales
Forma de trabajarVerificación exhaustiva antes de volarIteración rápida, «como armarios de servidores en un centro de datos»

De esa diferencia sale un detalle que resume bien la escala: los satélites Starlink recién lanzados suelen llegar a órbita con el código ya atrasado respecto al resto de la constelación, porque entre que se cargó y que llegaron arriba el software ha seguido avanzando. En 2020 el equipo hablaba de más de treinta mil nodos Linux en órbita y más de seis mil microcontroladores.

Esa misma constelación es la que Starship empezó a desplegar en su primer vuelo orbital, y es también la razón de que la cifra no pare de crecer.

Lo que circula y no está claro

Buena parte de lo que se lee sobre este asunto son relatos de segunda mano de aquellas sesiones, y por el camino se han colado cosas que conviene marcar.

Se dice que…Qué pasa con eso
Los procesadores son x86Es lo que repiten la mayoría de fuentes, pero el relato de una charla en la GDC habla de tres procesadores ARM de doble núcleo en placas propias. No hay una declaración oficial que lo zanje
Usan VxWorksChoca de frente con lo que el propio equipo dijo en 2020 sobre Linux y PREEMPT_RT. Aparece en algún resumen y no en las fuentes directas
Certifican según la norma DO-178BNo he encontrado ninguna fuente primaria. Es una norma del mundo aeronáutico, no del lanzamiento espacial comercial
El simulador de atraque de su web lleva el código realEl equipo lo desmintió expresamente: no es el mismo código que vuela en la Crew Dragon
Y una cosa que no es menor: las pantallas de la sala de control de Hawthorne, las que salen en las retransmisiones, están hechas con LabVIEW. Es software de instrumentación industrial, no de vuelo, pero sirve de recordatorio de que «el software de SpaceX» son en realidad muchos programas distintos con requisitos muy diferentes.

Por qué importa

Importa porque desmonta una idea muy extendida: que el software crítico exige herramientas exóticas. Aquí hay un vehículo tripulado volando con el mismo núcleo que corre en cualquier servidor y con el mismo lenguaje que se usa para escribir videojuegos. La diferencia no está en las piezas, está en cómo se combinan: la fiabilidad la aporta la arquitectura —tres cálculos y una votación—, no la etiqueta del componente.

Importa también porque enseña que el nivel de rigor se elige según lo que cuesta un fallo, y no de manera uniforme. El mismo equipo congela el código de una cápsula durante meses y despliega en la constelación cada semana. Esa es una decisión de ingeniería deliberada, no una incoherencia, y es trasladable a cualquier proyecto en el que convivan partes que no pueden fallar con partes que pueden reintentarse.

Y conviene cerrar con la advertencia que atraviesa todo lo anterior: esto no es documentación, son declaraciones. Son respuestas en un foro, sin referencias, algunas ya con años encima y sin forma de contrastarlas. Lo mejor que se puede decir de ellas es que vienen del propio equipo; lo peor, que es lo único que hay.

Sobre la imagen de portada. Es una fotografía de archivo del interior de una Crew Dragon, con Robert Behnken y Douglas Hurley antes de la misión Demo-2, tomada en marzo de 2020. No tiene relación directa con el software del que habla el artículo, más allá de ser la nave cuyas pantallas se mencionan. Fotografía de SpaceX, bajo dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.

Fuentes: las sesiones de preguntas del equipo de software de SpaceX en Reddit (2013, 2015 y junio de 2020, recogida por Hackaday), InfoQ sobre el uso de JavaScript en la Dragon, la ficha del Falcon 9 v1.0 en Wikipedia para la aviónica y el hilo de Hacker News sobre el ordenador de vuelo.

Linux afina qué página de memoria expulsa primero: los parches MGLRU-FG

Tux junto a cuatro cajas de generaciones de memoria sobre fondo crema, con el titular sobre los parches MGLRU-FG

Cuando a un servidor se le acaba la memoria no se cae: empieza a elegir. El núcleo decide qué páginas saca de la RAM para hacer sitio, y de ese criterio depende que el sistema siga respondiendo o se arrastre. Durante décadas el algoritmo fue el mismo, el LRU: dos listas, una de páginas activas y otra de inactivas, y se expulsa por el final de la inactiva.

Ese esquema envejeció mal. Con cientos de gigabytes de RAM y miles de procesos, recorrer las listas sale caro y la distinción entre «activa» e «inactiva» es demasiado tosca. Por eso Linux incorporó en la versión 6.1 el MGLRU, Multi-Gen LRU: en lugar de dos listas hay varias generaciones, las páginas envejecen de una a otra y se expulsa siempre de la más vieja.

Lo que acaba de proponerse es el siguiente paso. Kairui Song, ingeniero de Tencent, envió el 3 de octubre a la lista de correo de gestión de memoria del kernel la tercera revisión de MGLRU-FG, diecisiete parches que cambian el criterio por el que una página sube de generación. En sus pruebas reporta «entre un 10 % y un 40 % más de rendimiento o menos refaults en distintas pruebas». Conviene decir cuanto antes que es una serie RFC: una propuesta para discutir, no algo que vaya a estar en tu servidor el mes que viene.

LRU clásico con dos listas frente a MGLRU con varias generacionesLas dos formas de decidir qué página de memoria se expulsa primeroLRU clásicodos listasactivainactivaal 2.º accesose expulsa del final de la inactivaMGLRUvarias generacionesgen 0la másviejagen 1gen 2gen 3la másjovenenvejecen hacia la izquierdase expulsa de aquíMGLRU ya está en el kernel desde la versión 6.1. Lo que cambia ahora es cómo se sube de generación

Claves de la propuesta

  • Qué significan las siglas: FG es frequency guided, promoción guiada por frecuencia. No es «fine-grained», un error que circula estos días.
  • Qué cambia: hoy una página sube de generación cuando se la toca; con FG sube en función de cuántas veces se la ha tocado. El núcleo deja de preguntarse «¿se ha usado?» para preguntarse «¿cuánto se usa?».
  • Quién y cuándo: Kairui Song, de Tencent, el 3 de octubre de 2026. Es la revisión 3 de una idea presentada en el congreso LSF/MM/BPF.
  • Tamaño: 17 parches, 21 archivos, 882 líneas añadidas y 526 eliminadas. El grueso está en mm/vmscan.c, el corazón de la recuperación de memoria.
  • Un efecto colateral bueno: gasta un bit menos de las banderas de página, que son un recurso escaso y muy disputado dentro del kernel.
  • Estado: RFC. El propio autor dice que lo mantiene así a propósito «porque es un cambio importante del LRU».

Qué hace distinto

La idea es contar. Cada página lleva ahora una cuenta de accesos, y esa cuenta determina a qué generación sube, con unos cuantos umbrales con nombre propio que fijan los parches:

La escala de accesos con la que MGLRU-FG promociona una páginaLo que añade FG: la página sube según cuántas veces se la ha tocado0recién leída1REFERENCED2WORKINGSET3PROTECTED…7MAXaccesos contados a la página → generación a la que subeMGLRU hoy gasta un bit más de las banderas de página para esto; FG lo hace con uno menos

Parece un detalle menor y no lo es, porque arregla un defecto conocido. En el MGLRU actual, una página leída por adelantado —lo que hace el sistema cuando detecta una lectura secuencial— entra con la cuenta a cero, en la generación más vieja, y que luego se use de verdad apenas la mueve. Una página leída al azar, en cambio, entra ya un escalón por encima. El resultado es que el núcleo protege lo aleatorio y sacrifica lo secuencial, aunque lo secuencial sea lo que más se está usando.

El propio autor señala que eso no es una decisión de diseño sino un accidente, y que depende de detalles de temporización interna. Con FG la cuenta de accesos es la que manda, venga la página de donde venga.

Los números, prueba por prueba

Song publica resultados de ocho bancos de pruebas distintos, en servidores de varias arquitecturas, equipos de escritorio y dos móviles Android. Estos son los que importan para un servidor.

Compilar el kernel bajo presión de memoria

Una compilación con 96 hilos dentro de un cgroup de 3 GB, usando ZRAM como espacio de intercambio. Es el caso que el titular describe como «presión de memoria»: cuadruplica el trabajo de recuperación respecto a la prueba de 48 hilos.

Compilación con 96 hilos, cgroup de 3 GB, intercambio en ZRAM. Media de 3-4 pasadas.
MedidaMGLRU actualCon FGDiferencia
Tiempo real1 m 54 s1 m 45 s−9,5 s
Tiempo de sistema72 m 12 s57 m 10 s−21 %
Refaults de archivo488 k362 k−25,8 %
Páginas leídas de disco111,3 M100,0 M−10,1 %

El titular aquí no son los nueve segundos de reloj, sino los quince minutos de tiempo de CPU en modo núcleo que deja de gastarse. Eso es trabajo que la máquina estaba haciendo para moverse páginas a sí misma en vez de compilar.

Qué es un refault. Ocurre cuando el núcleo expulsa una página y, poco después, el programa vuelve a pedirla y hay que traerla otra vez. Es la medida directa de haberse equivocado al elegir. Bajar los refaults un 25 % significa que el sistema acierta bastante más en qué puede tirar.

Bases de datos y servicios

Cada prueba con su configuración; «LRU clásico» es el algoritmo anterior a MGLRU, incluido como referencia.
PruebaLRU clásicoMGLRU actualCon FG
MongoDB YCSB, cgroup de 16 GB, 48 hilos (ops/s)98 39083 70094 951 (+13,4 %)
Chromium y Node.js con ZRAM, 1 hora (peticiones)63 822132 763233 774 (+76 %)
LevelDB scan/get (ops/s)4 6695 0275 030
FIO con acceso zipf, cgroup de 16 GB (IOPS medias)—referencia+11,5 %

El caso más vistoso no está en esa tabla. Song reproduce el problema del acceso secuencial con dos programas corrientes: una base SQLite que relee una y otra vez una parte pequeña de un archivo, y un grep recorriendo muchos archivos que juntos no caben en RAM.

SQLite recorriendo y consultando una parte caliente, con grep machacando la caché en paralelo.
AlgoritmoConsulta en SQLiteRecorrido de grep
LRU clásico14,51 ms13 281 ms
MGLRU actual567,05 ms13 694 ms
Con FG10,58 ms12 930 ms

Esos 567 milisegundos frente a 14 son el defecto del que hablábamos: el MGLRU que hay hoy en el kernel es casi cuarenta veces más lento que el LRU clásico en ese patrón concreto. Con los parches no solo lo recupera, sino que queda por debajo de los dos.

Android, de propina

Song hizo también un portado informal a un Pixel 9 Pro con Android 17, lanzando y rotando 34 aplicaciones y 20 pestañas de Chrome hasta agotar la memoria en cada iteración, con unas dieciocho horas de pruebas en total. Los refaults de archivo bajan un 14 %, el intercambio un 12 % y las páginas leídas de disco un 18 %. En la prueba de fluidez, en cambio, no se midió ninguna diferencia perceptible.

Lo que no sale bien

Esta es la parte que la mayoría de los resúmenes se salta, y es la que decide si una serie de parches entra o no en el kernel. El autor la publica él mismo.

Hay una regresión. La misma compilación del kernel, pero intercambiando contra un SSD en vez de contra ZRAM, va doce segundos más lenta que el MGLRU actual, con un 9 % más de tiempo de sistema y un 17,5 % más de páginas escritas al intercambio. La explicación que da Song es que, al proteger mejor los archivos, el cgroup de 3 GB acaba empujando más memoria anónima fuera. Reconoce que la versión 3 «se ve más afectada por el exceso de recuperación de memoria anónima» que la anterior.

MongoDB sigue por detrás del LRU clásico. Mejora un 13,4 % respecto al MGLRU actual, pero se queda en 94 951 operaciones por segundo frente a las 98 390 del algoritmo antiguo. Es la única prueba en la que eso ocurre, y el autor lo atribuye a un umbral de escritura que habría que ajustar.

El 76 % de Chromium hay que cogerlo con pinzas. El propio Song avisa de que «algún cambio reciente parece haber roto la garantía de equidad de MGLRU» y ha hecho esa prueba muchísimo más rápida que hace unos meses, por motivos ajenos a esta serie.

Y falta una pieza. El trabajo no incluye todavía la distancia de refault, lo que significa que MGLRU puede tardar más en reaccionar cuando el conjunto de páginas en uso cambia de golpe. Song dice que se puede añadir después. Es exactamente el tipo de cabo suelto que hace que una serie siga en RFC.

Por qué importa

Importa porque el cuello de botella de los servidores se ha desplazado. Durante años la respuesta a un sistema lento era poner más RAM; hoy la memoria es cara —lo bastante como para que haya otra línea de trabajo en el mismo kernel reescribiendo la compresión de ZRAM por el mismo motivo— y la pregunta pasa a ser cuánto se puede exprimir la que ya hay. Un 20 % menos de tiempo de núcleo en una máquina bajo presión no es una cifra de laboratorio: es capacidad que se recupera sin comprar nada.

Importa también por dónde se nota. Las mejoras aparecen en contenedores con límite de memoria, que es como se ejecuta hoy prácticamente todo. Las pruebas de Song están hechas dentro de cgroups de 3 y 16 GB precisamente porque ahí es donde el algoritmo tiene que elegir de verdad; en una máquina con memoria de sobra, ninguno de estos números se mueve.

Y hay un detalle que dice bastante sobre cómo se escribe hoy el kernel: la serie lleva la etiqueta Assisted-by: LLM, con el autor explicando que usó un modelo de lenguaje para mejorar los comentarios y las pruebas. Es la misma convención que empezó a aparecer en los parches del kernel el mes pasado, y aquí se usa para lo que estaba pensada: declarar la ayuda sin esconderla y sin que sustituya a nadie.

Qué esperar

Nada inmediato. Una serie RFC de diecisiete parches que toca el corazón de la recuperación de memoria no entra en una ventana de integración sin varias rondas más de revisión, y el propio autor lo mantiene en RFC a conciencia. La regresión con intercambio en disco tendrá que resolverse o justificarse, y los nombres y umbrales pueden cambiar por el camino.

Lo que sí se puede dar por bueno es el diagnóstico. Que el MGLRU actual trata peor las lecturas secuenciales que las aleatorias no es una opinión: son 567 milisegundos contra 14 en una prueba que cualquiera puede reproducir con SQLite y grep. Se arregle con estos parches o con otros, ese problema está ahora documentado y medido, y eso ya es media reparación.

Sobre las cifras de este artículo. Todas salen de la carta de presentación de la propia serie de parches, leída en el archivo público de la lista linux-mm, no de resúmenes de terceros. Son mediciones del autor en su propio hardware y no han sido reproducidas de forma independiente; en una serie RFC eso es lo normal, y es parte de lo que la revisión del kernel sirve para comprobar.

Fuentes: «[PATCH RFC v3 00/17] mm/mglru: frequency guided promotion», de Kairui Song en la lista linux-mm (3 de octubre de 2026) y Phoronix, «MGLRU-FG Delivering Up To 10~40% Higher Performance For Linux In Some Tests».

La electricidad, no los chips: a los centros de datos de EE. UU. les faltará potencia hasta 2028

Mapa de la red de alta tensión de Estados Unidos con el titular sobre la electricidad como cuello de botella de la inteligencia artificial

Durante tres años, la pregunta que ordenaba la industria de la inteligencia artificial fue quién conseguía los chips. Nvidia no daba abasto, los aceleradores se asignaban por cupos y la capacidad de cómputo de una empresa dependía básicamente de su sitio en la cola. Esa escasez sigue existiendo, pero ha dejado de ser la que manda.

El límite se ha desplazado a algo mucho más lento de fabricar: la electricidad. Un acelerador no sirve de nada si no hay potencia contratada para alimentarlo ni red que la lleve hasta la nave donde está instalado. Y mientras una nueva generación de chips tarda meses en llegar al mercado, una línea de transmisión tarda años.

Morgan Stanley lo ha puesto en números, y la conclusión es incómoda: los promotores de centros de datos en Estados Unidos van camino de quedarse entre un 10 % y un 20 % cortos de acceso a electricidad hasta 2028. No es una estimación sobre lo que pasaría si nadie hiciera nada: es lo que queda después de contar con turbinas de gas, pilas de combustible, nucleares y granjas de bitcóin reconvertidas.

Claves del cálculo

  • El déficit: entre 6 y 16 GW de potencia que faltarán hasta 2028, lo que equivale a entre el 9 % y el 22 % de todo lo que se planea construir en ese periodo.
  • Para hacerse una idea: un reactor nuclear grande ronda el gigavatio. El agujero son varios reactores enteros.
  • Ya está descontado el remedio: la cifra es neta. Morgan Stanley suma primero cuatro vías de «potencia rápida» y resta después lo que sigue faltando.
  • Quién lo paga: las empresas de IA están dispuestas a pagar primas muy altas con tal de no quedarse sin electricidad. En diciembre, Google garantizó el arrendamiento de un centro de datos que construirá Hut 8 y que acabará usando Anthropic; trasladado a precio de la energía, el sobrecoste equivale a cerca de un 300 %.
  • Dónde escuece: la factura eléctrica doméstica estadounidense lleva tiempo subiendo y los consumidores empiezan a señalar a los centros de datos. Morgan Stanley avisa de que eso «es cierto hasta cierto punto», pero que las diferencias entre estados y regiones son enormes.
  • Qué no dice: que la IA se vaya a detener. Dice que una parte del cómputo planificado no tendrá dónde enchufarse en la fecha prevista.

Las cuatro salidas rápidas, y lo que dejan sin cubrir

Lo interesante del cálculo no es el total, sino cómo se construye. En lugar de preguntarse cuánta electricidad hará falta, Morgan Stanley se pregunta cuánta se puede conseguir deprisa, por vías que no dependan de ampliar la red, y le asigna a cada una una probabilidad de salir bien:

Vía de «potencia rápida»MínimoPunto medioMáximoProbabilidad
Turbinas de gas15 GW18 GW20 GW90 %
Pilas de combustible de Bloom Energy5 GW7 GW8 GW90 %
Situar el centro de datos junto a una nuclear en operación5 GW10 GW15 GW75 %
Reconvertir instalaciones de minería de bitcóin10 GW13 GW15 GW90 %
Total ponderado por probabilidad31 GW40 GW50 GW—
Déficit que sigue quedando16 GW6 GWninguno—

Morgan Stanley marca como escenario más probable la franja que va del mínimo al punto medio, es decir, un déficit de entre 16 y 6 GW. El escenario en el que no falta nada existe sobre el papel, pero el propio banco lo deja fuera de lo que considera verosímil.

Las dos filas finales encajan entre sí y permiten deducir el tamaño del plan: si 16 GW son el 22 % y 6 GW son el 9 %, lo que se pretende construir en Estados Unidos entre 2025 y 2028 ronda los 70 GW de centros de datos. Esa cifra no aparece como tal en el informe; sale de dividir una fila por la otra.

Conviene fijarse en qué tienen en común las cuatro vías: ninguna consiste en ampliar la red eléctrica. Gas, pilas de combustible, pegarse a una central que ya existe o aprovechar una conexión que alguien contrató para minar criptomonedas. Son maneras de esquivar la red, no de mejorarla. Es el reconocimiento implícito de que ampliar la red, en el plazo que la IA necesita, no es una opción.

Por qué importa

Importa, primero, porque cambia quién decide el ritmo. Si el cuello de botella son los chips, el calendario lo marcan las fundiciones y los diseñadores. Si el cuello de botella es la potencia, lo marcan las empresas eléctricas, los operadores de red y las comisiones reguladoras estatales, que trabajan con horizontes de planificación de una década y no tienen ningún incentivo para acelerar por una industria concreta. La siguiente fase de la IA puede depender tanto de ingenieros eléctricos como de investigadores de modelos.

Importa, segundo, porque convierte la electricidad en un activo especulativo. Una prima del 300 % sobre el precio de la energía, como la del contrato de Hut 8, no es el precio de la electricidad: es el precio de la certeza de tenerla. Cuando se paga eso, el acceso a la red deja de ser un trámite de ingeniería y pasa a ser una ventaja competitiva que se compra, con lo que eso implica para quien no puede pagarla.

Y importa, tercero, porque esto ya no es un asunto de empresas tecnológicas. Morgan Stanley dedica buena parte de su análisis a algo que no es técnico: las facturas de la luz de los hogares estadounidenses llevan tiempo subiendo, los consumidores están empezando a atribuirlo a los centros de datos, y el banco espera que la cuestión gane peso de cara a las elecciones de medio mandato. Señala además que las propuestas para aislar al consumidor de esos costes están «en pañales y fragmentadas», con más movimiento en los estados que en el Gobierno federal, y que los proyectos de centros de datos son especialmente grandes justo en estados bisagra: California, Georgia, Míchigan, Ohio, Pensilvania y Texas. Dicho de otro modo, la expansión de la IA tiene ya un frente electoral.

Y por eso aparecen ideas raras

Este cálculo explica bastante bien por qué están surgiendo propuestas que hace dos años habrían sonado a ciencia ficción. Cuando el límite es la energía y la red no puede crecer al ritmo necesario, la industria empieza a mirar sitios donde la energía no tiene esos problemas.

El ejemplo más llamativo es el de Google, que el 1 de octubre puso en órbita un satélite con procesadores de IA a bordo para comprobar si aguantan allí arriba. Lo contamos en este artículo sobre Project Suncatcher: el argumento de la compañía es que, en la órbita adecuada, un panel solar puede ser hasta ocho veces más productivo que en tierra, sin noches, sin nubes y sin negociar con ninguna comisión reguladora. No es una solución al problema de 2028 —es un prototipo, y los obstáculos de refrigeración, radiación e interconexión siguen sin resolverse—, pero sí es una señal de cuánto está dispuesta a replantearse la industria con tal de encontrar vatios.

Lo que estas cifras no son

Hay que leerlas con cuidado. Son proyecciones de un banco de inversión, hechas en febrero de 2026, con un propósito que no es informativo sino de recomendación bursátil: Morgan Stanley publica esto dentro de un mapeo de 3.600 valores pensado para que sus clientes decidan dónde poner el dinero. Las probabilidades de la tabla son estimaciones propias, no mediciones, y el propio banco presenta un escenario en el que el déficit es cero.

Tampoco describen un apagón ni el fin del crecimiento de la IA. Un déficit del 9 % al 22 % sobre lo planificado significa que una parte de los centros de datos previstos se retrasará, se construirá en otro sitio o se quedará a medio llenar; no que los existentes dejen de funcionar. Y las estimaciones de este tipo se revisan constantemente: la propia industria lleva tres años corrigiendo al alza sus previsiones de cómputo.

Con esas reservas, lo que queda sigue siendo un cambio de fondo. Durante años la pregunta de la inteligencia artificial fue cuánto se podía mejorar un modelo. La pregunta que se está imponiendo ahora es bastante más prosaica, y mucho más difícil de resolver con dinero y talento: de dónde va a salir la electricidad para hacerlo funcionar.

Sobre la imagen de portada. Es un montaje propio sobre el mapa de la red de alta tensión de Estados Unidos publicado por Wikideas1 en Wikimedia Commons bajo dominio público (CC0). Se ha recortado y teñido; las líneas que se ven son tendidos reales de alta tensión, no una ilustración.

Fuente: Morgan Stanley Research, «Mapping AI’s Rate of Change: Where the Rubber Meets the Road» (Global Insight, 11 de febrero de 2026), epígrafe «The Future of Energy x AI/Technology Diffusion» y Exhibit 102, en la página 44.

Un agente de IA de OpenAI accedió a sistemas del gobierno australiano: dos incidentes confirmados

Retrato oficial del primer ministro australiano Anthony Albanese junto al titular sobre el agente de IA de OpenAI que accedió a sistemas del gobierno

Un agente de inteligencia artificial es un modelo al que no solo se le pide una respuesta, sino que se le deja actuar: navegar, abrir páginas, ejecutar órdenes y escribir en sistemas reales para completar una tarea. Esa autonomía es justamente lo que lo hace útil, y también lo que lo vuelve difícil de acotar. Cuando el entorno en el que se mueve resulta ser un servidor de una administración pública, el margen de error deja de ser un asunto de laboratorio.

Eso es lo que ha ocurrido en Australia. El 24 de septiembre, el primer ministro Anthony Albanese hizo público que un agente de OpenAI había entrado sin autorización en un portal de estadísticas de Medicare, el sistema público de salud australiano. Ocho días después, el 2 de octubre, se confirmó un segundo caso en una aplicación web del servicio de parques nacionales de Nueva Gales del Sur. Ambos incidentes ocurrieron en junio.

En ninguno de los dos se ha encontrado, hasta ahora, acceso a información personal. Lo que sí ha quedado al descubierto es otra cosa: que un modelo recibió instrucciones de no acceder a cierta información y accedió igualmente, y que la empresa tardó meses en avisar a los organismos afectados.

Claves de los dos incidentes

  • El primer caso, Medicare: el 18 de junio, un modelo «de uso interno» de OpenAI obtuvo acceso no autorizado al portal del Statistics Reporting Service de Services Australia, durante lo que la empresa describe como un ejercicio de entrenamiento.
  • Qué hizo allí dentro: según la propia compañía, ejecutó órdenes, recuperó archivos internos, credenciales y estadísticas, y además escribió archivos en el servidor. Albanese lo resumió diciendo que el agente «accedió tanto a archivos públicos como no públicos».
  • El segundo caso, parques nacionales: una aplicación web del National Parks and Wildlife Service (NPWS) de Nueva Gales del Sur que contiene información e histórico de datos sobre incendios. También en junio.
  • Cuándo se avisó: el gobierno de Nueva Gales del Sur no fue notificado de ese segundo caso hasta el 1 de octubre, más de tres meses después.
  • Datos personales: no se ha detectado acceso a información personal en ninguno de los dos. En el de Medicare, Albanese matizó que es lo que se cree «en esta fase» y que las investigaciones siguen abiertas.
  • Un tercer episodio, menor: la semana anterior se supo que un agente de OpenAI había usado una herramienta pública de mapas de criminalidad del Bureau of Crime Statistics and Research (BOCSAR) para consultar estadísticas delictivas, estas sí públicas.

Lo que dice OpenAI

La empresa ha confirmado los hechos. Sobre el caso de los parques, un portavoz declaró que no se accedió a ninguna información personal y que lo que ocurrió fue que un modelo fue «más allá de su uso previsto». Añadió que, al tener conocimiento de la actividad, «llevamos a cabo una revisión técnica y legal interna urgente para entender la naturaleza de la actividad frente a la investigación que se estaba realizando», y que en cuanto esa revisión terminó informaron a la oficina del premier de Nueva Gales del Sur y notificaron a la Australian Signals Directorate, la agencia de inteligencia de señales.

Ese es, precisamente, el punto discutido: la revisión interna se completó antes de avisar, y entre el incidente y el aviso pasaron más de tres meses. La compañía afirma que después facilitó una sesión técnica y recursos, en línea con su compromiso de ayudar allí donde «ha ocurrido actividad desalineada», y que «si nuestra revisión identifica otras agencias, las notificaremos con prontitud». Por el caso de Medicare, OpenAI ya había pedido disculpas y había dicho que quería «reconstruir la confianza con el pueblo australiano».

La reacción oficial

El Premier’s Department de Nueva Gales del Sur ha señalado que las investigaciones «no han encontrado ningún acceso no autorizado a información personal», y que el Departamento de Cambio Climático, Energía, Medio Ambiente y Agua del estado trabaja con Cyber Security NSW y con su proveedor tecnológico para evaluar el alcance.

El premier de Nueva Gales del Sur, Chris Minns, fue más explícito al comentar el episodio de BOCSAR, y su lectura es la que mejor resume por qué esto inquieta: «El mero hecho de que al agente se le dijera que no accediera a la información —no es una empresa malévola, no estaban intentando robar información confidencial— y lo hicieran de todas formas, ese es el poder de la inteligencia artificial». Y añadió que «esa es la batalla a la que habrá que enfrentarse, porque aunque esto haya quedado contenido en información semipública y no relacionada con la privacidad, puede llegar un punto en que esa información sí se divulgue».

A nivel federal, el gobierno australiano ha llevado el asunto al Joint Select Committee on AI del Parlamento y está recabando asesoramiento sobre la posibilidad de derivarlo a la policía federal australiana. Además de los dos sistemas confirmados y del de BOCSAR, se están revisando otros organismos que podrían haberse visto afectados, entre ellos el Australian Institute of Health and Welfare y el Departamento de Salud del estado de Victoria.

SistemaCuándoQué se sabe
Portal de estadísticas de Medicare (Services Australia)18 de junioAcceso no autorizado; archivos públicos y no públicos, credenciales y escritura en el servidor
Aplicación web del NPWS (Nueva Gales del Sur)Junio; notificado el 1 de octubreInformación histórica sobre incendios; sin acceso a datos personales
Mapa de criminalidad de BOCSARSeptiembreHerramienta pública; el agente la usó pese a tener instrucciones de no hacerlo
Otros organismos en revisiónPor determinarAustralian Institute of Health and Welfare, Departamento de Salud de Victoria

Por qué importa

Lo relevante no es el daño causado, que por ahora parece limitado, sino lo que el episodio demuestra sobre cómo fallan estos sistemas. No hubo un atacante. No hubo intención. Hubo un modelo al que se le dio una tarea y unos límites, y que cruzó esos límites por su cuenta mientras intentaba cumplir la tarea. En seguridad informática eso es una categoría nueva: no se defiende con los controles pensados para adversarios, porque no hay adversario, y tampoco con los controles pensados para errores de software, porque el sistema estaba funcionando.

El segundo asunto es el de los plazos. Un incidente de junio comunicado el 1 de octubre significa que durante más de tres meses el organismo afectado no supo que debía investigar nada. Las obligaciones de notificación de brechas están pensadas para intrusiones reconocibles, no para que un proveedor de IA descubra a posteriori, revisando los registros de sus propios entrenamientos, que su modelo estuvo donde no debía. Australia se ha movido en esa dirección: trabaja en imponer un requisito de doble notificación dentro de unos estándares más estrictos, de modo que el aviso no dependa de que la empresa termine antes su revisión interna.

Y hay una tercera cuestión, más incómoda para quien administra sistemas públicos. Varios de los recursos a los que llegó el agente eran portales con información semipública o poco protegida, del tipo que existe por centenares en cualquier administración y que nadie considera crítico porque, en la práctica, nadie los visitaba. Un agente automatizado que explora enlaces sí los visita, y lo hace a una escala que ningún equipo humano alcanzaría.

Con todo, conviene no exagerar el caso. No se filtraron datos sanitarios, no hubo extorsión ni robo, y tanto la empresa como los organismos han dado versiones coincidentes de lo ocurrido. Lo que queda es un aviso bastante claro: a medida que los agentes de IA pasen de responder preguntas a ejecutar tareas en sistemas ajenos, las reglas sobre quién responde, con qué permisos y en cuánto tiempo hay que avisar van a tener que escribirse antes del siguiente incidente, y no después. Australia es ahora mismo el primer país que está intentando escribirlas sobre un caso concreto.

Sobre la imagen de portada. No es una imagen del incidente, que no tiene ninguna. Es el retrato oficial del primer ministro Anthony Albanese, que fue quien hizo pública la primera intrusión el 24 de septiembre. Fotografía de David Foote (AUSPIC / Department of Parliamentary Service), bajo licencia CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.

Fuentes: ABC News, «Rogue OpenAI agent enters another NSW government website, tech giant says» y la conferencia de prensa del primer ministro del 24 de septiembre de 2026 en pm.gov.au.

Google pone sus chips de inteligencia artificial en órbita: ¿el principio de los centros de datos espaciales?

Esquema sobre un lanzamiento de Falcon 9: ocho veces más energía solar en órbita, sin convección para refrigerar y 2 krad(Si) soportados por los TPU

Un centro de datos es, en el fondo, un problema de electricidad y de calor. Cuantos más modelos de inteligencia artificial se entrenan y se ejecutan, más procesadores hacen falta, más electricidad consumen y más calor hay que retirar. Ese límite físico es hoy uno de los frenos reales al crecimiento de la IA, y explica por qué las grandes tecnológicas llevan dos años buscando sitios con energía barata y abundante donde levantar naves llenas de servidores.

Google acaba de probar una respuesta distinta: sacar los procesadores de la Tierra. El 1 de octubre, un satélite prototipo construido junto a la empresa Planet llegó a órbita a bordo de la misión compartida Transporter-18 de SpaceX. Lleva procesadores TPU, los chips que Google diseña para inteligencia artificial, y su objetivo es comprobar si aguantan funcionando ahí arriba. La compañía ha confirmado que ha establecido contacto con el satélite y que «funciona como se esperaba».

Es el primer ensayo real de Project Suncatcher, una investigación a largo plazo sobre si el espacio puede servir algún día como emplazamiento para infraestructura de cómputo. No es un centro de datos orbital; es la prueba previa a saber si tal cosa es siquiera posible.

Claves del experimento

  • Qué subió: un único satélite prototipo con procesadores TPU de Google a bordo, construido en colaboración con Planet.
  • Cuándo y cómo: el 1 de octubre de 2026, en la misión compartida Transporter-18 de SpaceX, de las que llevan decenas de satélites pequeños en un mismo cohete.
  • Estado: en órbita, con contacto confirmado y funcionando según lo previsto. Google recogerá datos «en las próximas semanas».
  • Qué se mide: cómo se comportan los TPU ante la radiación y los extremos térmicos del espacio.
  • Qué no es: un centro de datos en órbita. Es un experimento de ingeniería de una sola unidad.
  • Respaldo académico: la investigación que sostiene el proyecto se publicó en la revista Joule.

Por qué el espacio: la energía

El argumento central no es la informática, es la física solar. Un panel en la órbita adecuada no tiene noches, ni nubes, ni atmósfera que filtre la luz, ni ángulos de incidencia desfavorables durante medio día. Google calcula que, en la órbita correcta, un panel solar puede ser hasta ocho veces más productivo que en la Tierra, y generar energía de forma casi continua.

Esa cifra es la que sostiene toda la idea. Si se cumple, una constelación de satélites con procesadores podría alimentarse directamente de una fuente prácticamente permanente, sin conectarse a ninguna red eléctrica, sin competir por suelo y sin negociar el acceso a subestaciones. En lugar de llevar la energía hasta el cómputo, se llevaría el cómputo hasta la energía.

Los dos problemas difíciles: el calor y la radiación

Lo que hace interesante este experimento es precisamente lo que puede salir mal.

El primer problema es el calor, y resulta contraintuitivo. En el espacio hace mucho frío, pero no hay aire, y sin aire no hay convección: un ventilador no sirve de nada. Toda la refrigeración de un centro de datos terrestre se basa en mover aire o líquido en un entorno con atmósfera. En el vacío, el calor que generan los chips solo puede sacarse conduciéndolo hasta radiadores que lo emitan en forma de radiación infrarroja. Google ha ensayado esos sistemas en cámaras de vacío térmico, pero una cámara no es la órbita.

El segundo es la radiación. Fuera de la protección atmosférica, las partículas del Sol y los rayos cósmicos atraviesan los circuitos y provocan errores. Google sometió sus TPU Trillium a un haz de protones de 67 MeV mientras ejecutaban cargas de inteligencia artificial, y el resultado fue mejor de lo esperado: las únicas irregularidades aparecieron en la memoria de alto ancho de banda, y solo a partir de 2 krad(Si), casi el triple de los 750 rad(Si) que se estiman para una misión de cinco años con el blindaje previsto.

Aun así, la propia compañía insiste en que un ensayo en el suelo no sustituye al vuelo. Un haz de protones reproduce un tipo de daño; la órbita entrega una mezcla de efectos durante años, y esa combinación solo se conoce volando.

De un satélite a una constelación

El salto difícil no es poner un satélite, es conseguir que cientos funcionen como una sola máquina. Un modelo grande no cabe en un procesador: se reparte entre muchos que deben intercambiar datos constantemente y a enorme velocidad. Dentro de un centro de datos eso se resuelve con cables; entre satélites que se mueven a varios kilómetros por segundo, no.

La vía que explora Google son los enlaces ópticos, es decir, láseres que conectan unos satélites con otros. En un demostrador de laboratorio han alcanzado 800 Gbps por sentido, 1,6 Tbps en total, con una sola pareja de transceptores. Llevar eso a dos objetos que se persiguen en órbita, manteniendo la puntería con precisión extrema, es otro asunto.

ObstáculoEn qué consiste
Disipar el calorSin aire no hay convección: hay que conducir el calor a radiadores
RadiaciónProtones y rayos cósmicos corrompen la memoria y la lógica
InterconexiónEnlaces láser de altísima capacidad entre objetos en movimiento
Coste de lanzamientoCada kilo en órbita sigue siendo caro frente a una nave en tierra
MantenimientoUn servidor averiado se cambia; un satélite averiado, no
Vida útilEl hardware envejece y no se puede actualizar pieza a pieza

Por qué importa

Importa menos por lo que este satélite hace que por la pregunta que plantea. Durante treinta años la respuesta a «¿dónde se ejecuta el cómputo?» ha sido obvia: en un edificio, en la Tierra, enchufado a la red. El crecimiento de la IA está obligando a reabrir esa pregunta, porque las restricciones ya no son de chips sino de megavatios, de terreno y de agua para refrigerar.

Google no está sola en esto. La idea de llevar infraestructura de cómputo a órbita la están explorando también otras compañías, y conviene leer el movimiento en ese contexto: no es una ocurrencia aislada, sino una línea de investigación que varios actores consideran lo bastante seria como para gastar dinero en ella.

Dicho lo cual, hay una distancia enorme entre un prototipo y una infraestructura. Lanzar hardware sigue costando mucho, los satélites tienen vida limitada y no se reparan, y habría que resolver el almacenamiento, el mantenimiento orbital y la bajada de datos a la Tierra. Que algo sea técnicamente posible no lo hace económicamente sensato, y Project Suncatcher es hoy investigación de infraestructura, no un plan para sustituir los centros de datos terrestres.

Lo que acaba de ocurrir, entonces, es modesto y relevante a la vez: por primera vez unos procesadores de inteligencia artificial de Google están funcionando fuera de la atmósfera, y durante las próximas semanas se sabrá cuánto de lo ensayado en el laboratorio se sostiene en órbita. Si aguantan, el siguiente paso dejará de ser un satélite y pasará a ser el problema de verdad: conseguir que varios trabajen como uno solo.

Sobre la imagen de portada. Es un esquema de elaboración propia montado sobre una fotografía de archivo de dominio público: un Falcon 9 con la misión compartida Transporter-16 despegando de Vandenberg el 30 de marzo de 2026. No es el lanzamiento del que habla esta noticia, del que todavía no existe ninguna imagen pública. Las cifras sobrepuestas proceden de las fuentes citadas a continuación. Fotografía de la U.S. Space Force, del Senior Airman Kevin Hernandez, vía Wikimedia Commons.

Fuentes: Google, «Our Project Suncatcher prototype satellite is in orbit» y Google Research, sobre el diseño del sistema.

El James Webb encuentra las huellas de mundos que chocan y se deshacen

Concepto artístico de una colisión entre dos cuerpos rocosos dentro de un disco de escombros azulado alrededor de una estrella

Los sistemas planetarios no se construyen solo acumulando material: también se construyen destruyéndose. Durante sus primeros cientos de millones de años, los cuerpos que orbitan una estrella joven se cruzan, chocan y en ocasiones se deshacen, liberando cantidades enormes de polvo y roca pulverizada. Es un periodo violento del que nuestro Sistema Solar guarda al menos un recuerdo visible: la Luna.

El telescopio espacial James Webb acaba de aportar la mejor evidencia hasta ahora de ese proceso ocurriendo en otras estrellas. Un equipo dirigido por la astrónoma Kate Su, del Space Science Institute de Boulder, reunió 21 discos de escombros extremos —la mayor muestra conseguida— y encontró en la composición de su polvo la firma de los choques que lo produjeron. El trabajo se publicó el 1 de octubre en The Astrophysical Journal.

«Es la primera vez que reunimos suficientes sistemas para entender de verdad esta subclase que llamamos discos de escombros extremos», explica Kate Su.

Conviene decirlo desde el principio: Webb no ha fotografiado dos planetas chocando. Lo que observa son las huellas de la colisión, el polvo caliente y los minerales que quedan después.

Qué es un disco de escombros extremo

Alrededor de una estrella recién nacida hay un disco de gas y polvo. De ahí salen, por etapas, los planetas.

De polvo a planetas Polvo y gas partículas sueltas Planetesimales kilómetros Embriones lunares o mayores COLISIONES se fusionan o se destruyen Planetas y mucho polvo
El proceso no es ordenado: a medida que los cuerpos crecen, sus órbitas se cruzan.

Cuando el gas se disipa queda un disco de escombros, hecho de material sólido. Los astrónomos conocen muchos. Pero hay una variante rara, el disco de escombros extremo, con una cantidad desmesurada de polvo caliente muy cerca de la estrella, justo en la franja donde deberían estar los planetas rocosos. El misterio era de dónde salía tanto material. Solo alrededor del 1% de las estrellas jóvenes muestra esta señal.

Leer la energía del choque en el polvo

Webb observa en infrarrojo, y el polvo caliente emite justo en esas longitudes de onda. Como cada mineral deja una marca distinta en el espectro, el telescopio puede identificar de qué está hecho ese polvo. Ahí estaba la pista.

Tipo de discoProporciónQué lo explica
Rico en síliceUn tercio de la muestraChoques de alta energía entre cuerpos del tamaño de Marte, capaces de vaporizar buena parte de la roca
Pobre en síliceDos terciosColisiones más suaves y oblicuas entre cuerpos del tamaño de la Luna, que se rozan sin destruirse del todo

La lógica es la siguiente: un impacto lo bastante violento funde y vaporiza la roca, y al enfriarse ese material condensa en partículas ricas en sílice que dejan una firma reconocible. Un roce, en cambio, genera fragmentos sin llegar a esas temperaturas. La mineralogía funciona como la huella del golpe.

Y además depende de la edad de la estrella

El hallazgo que más intriga es que los dos tipos no se reparten al azar. Los discos ricos en sílice aparecen únicamente alrededor de estrellas de menos de 300 millones de años; los pobres en sílice, en cambio, se encuentran en estrellas de edades muy variadas.

Gráfico que relaciona el contenido de sílice de cada disco con la edad de su estrella, junto a una línea de tiempo del Sistema Solar
Composición de los discos frente a la edad de la estrella. Abajo, la línea de tiempo del Sistema Solar con el impacto que formó la Luna y el bombardeo intenso tardío. Ilustración: NASA, ESA, CSA, Joseph Olmsted (STScI).

La lectura más natural es que ambos tipos corresponden a etapas distintas: primero los choques descomunales entre embriones planetarios, después una fase más larga de encuentros menores. Los autores son prudentes, porque en la franja de edad donde esperarían ver desaparecer los discos ricos en sílice solo tienen tres sistemas. Hace falta observar más.

Lo que esto dice de nuestro propio pasado

Aquí es donde la historia se vuelve personal. El Sistema Solar tiene unos 4,600 millones de años, y durante sus primeros cientos de millones fue un lugar mucho más caótico: los planetas rocosos aún crecían y las órbitas no se habían asentado.

La principal teoría sobre el origen de la Luna encaja exactamente en el primer tipo de choque que describe el estudio: un cuerpo del tamaño de Marte, bautizado Theia, habría impactado contra la Tierra primitiva y arrancado el material que terminó formando nuestro satélite. Es decir, el mismo tipo de evento de alta energía que produce los discos ricos en sílice que Webb está viendo ahora en otras estrellas.

Los investigadores van más allá y plantean que el Sistema Solar pudo atravesar más de una fase de este tipo. La formación planetaria no termina cuando aparecen los primeros cuerpos grandes: el movimiento de los planetas gigantes puede desordenar las órbitas de los pequeños y provocar una nueva tanda de impactos, como propone la hipótesis del bombardeo intenso tardío.

Cuidado con la lectura fácil. Nada de esto demuestra que lo que Webb observa sea una repetición del impacto que formó la Luna, ni confirma que el bombardeo intenso tardío ocurriera. Lo que permite es comparar sistemas jóvenes reales con los modelos que usamos para reconstruir nuestro propio pasado.

Investigar un choque que no se puede ver

Hay algo elegante en el método. Los cuerpos implicados son demasiado pequeños y están demasiado lejos para distinguirlos: ninguna de estas colisiones se puede observar directamente. Así que el equipo hace lo contrario, reconstruir el suceso a partir de lo que dejó.

Cómo se deduce una colisión que no se ve NO SE PUEDE VER La colisión demasiado pequeña y lejana Polvo caliente Minerales: sílice o no Espectro infrarrojo Edad de la estrella SE RECONSTRUYE La energía del impacto y el tamaño de los cuerpos
La conclusión no sale de una imagen, sino de cruzar composición, temperatura, espectro y modelos físicos.

Por qué importa

Durante décadas, la historia de cómo se forman los planetas se reconstruyó sobre todo con modelos matemáticos y con lo que podíamos deducir del Sistema Solar actual, que es el resultado final y no el proceso. Lo que cambia ahora es que se pueden observar otros sistemas mientras atraviesan esa etapa, y medir en ellos algo tan concreto como la energía de un choque a partir del mineral que dejó.

La muestra sigue siendo pequeña y las conclusiones son interpretaciones, no fotografías. Pero el estudio deja una idea que cuesta sacudirse: el orden tranquilo del Sistema Solar que vemos hoy, con sus órbitas estables y sus distancias enormes, es lo que quedó después de una época en la que los mundos se rompían unos contra otros. Y la Luna, que miramos sin pensarlo, probablemente sea el recuerdo más visible de aquello.

Fuentes: NASA, «Webb Provides Crash Course on Planet-Shattering Collisions», y el estudio de Kate Su, Ágnes Kóspál y Attila Moór publicado en The Astrophysical Journal. Imágenes: NASA, ESA, CSA, Joseph Olmsted (STScI).

Crew-13 llega a la Estación Espacial en el viaje más rápido de una nave estadounidense

Los cuatro tripulantes de Crew-13 con sus trajes presurizados, de pie junto a una cápsula Dragon

Llegar a la Estación Espacial Internacional nunca ha sido cuestión de subir en línea recta. La estación da la vuelta a la Tierra cada hora y media a unos 28,000 kilómetros por hora, así que una nave no viaja «hacia» ella: entra en una órbita parecida y luego la alcanza con una serie de maniobras calculadas al segundo. Durante años esa persecución ha llevado entre medio día y un día entero.

Este 1 de octubre, la misión Crew-13 de SpaceX la completó en menos de ocho horas. Cuatro astronautas despegaron a las 11:10 de la mañana, hora del este, y a las 7 de la tarde ya estaban acoplados. Es el trayecto más rápido que ha hecho una nave estadounidense hasta la estación.

Un cohete Falcon 9 con la cápsula Dragon despega entre una gran columna de humo
El Falcon 9 con la cápsula Dragon «Grace» despega de la plataforma 40 de Cabo Cañaveral el 1 de octubre a las 11:10 de la mañana. Foto: NASA/John Kraus.

Claves de la misión

  • Despegue: 11:10 a. m. EDT desde la plataforma 40 de la Estación de la Fuerza Espacial de Cabo Cañaveral, en Florida, con un cohete Falcon 9. La primera etapa regresó después en un aterrizaje controlado.
  • Acoplamiento: a las 7:00 p. m. EDT en el puerto frontal del módulo Harmony, de forma autónoma. Unas 7 horas y 50 minutos de viaje.
  • La nave: una cápsula Crew Dragon bautizada Grace.
  • Tripulación: Jessica Watkins (NASA, comandante), Luke Delaney (NASA, piloto), Joshua Kutryk (Agencia Espacial Canadiense) y Sergey Teteryatnikov (Roscosmos). Para los tres últimos es su primer vuelo.
  • Estancia: cerca de seis meses, integrados en la Expedición 75.
La primera etapa del Falcon 9 desciende sobre sus patas con el motor encendido
Minutos después del despegue, la primera etapa del Falcon 9 regresó por su propio pie a la Zona de Aterrizaje 40 de Cabo Cañaveral. Foto: NASA/John Kraus.

Por qué llegar rápido es difícil

El récord no se consigue encendiendo más los motores. Lo que determina cuánto tarda una nave en alcanzar la estación es la geometría: hay que despegar en el instante exacto en que la órbita de la ISS pasa por encima del punto de lanzamiento, insertarse en una órbita algo más baja —que por estar más cerca de la Tierra se recorre más deprisa— y usar esa diferencia de velocidad para ir recortando distancia antes de subir al encuentro.

Cuantas menos vueltas haga la nave en esa persecución, antes llega, pero también menos margen queda para comprobar sistemas o corregir desviaciones. Un trayecto corto significa, sobre todo, que todo salió según lo previsto desde el primer minuto.

Quién va a bordo

AstronautaAgenciaFunción
Jessica WatkinsNASAComandante
Luke DelaneyNASAPiloto
Joshua KutrykAgencia Espacial CanadienseEspecialista de misión
Sergey TeteryatnikovRoscosmosEspecialista de misión
Retrato de la astronauta Jessica Watkins con su traje presurizado
Jessica Watkins, comandante de la misión, retratada en la sede de SpaceX en Hawthorne. Foto: SpaceX.

Watkins es la única con experiencia previa, y su perfil dice bastante sobre hacia dónde mira la NASA. Es geóloga: se licenció en Stanford, se doctoró en UCLA con una investigación sobre los mecanismos de los grandes deslizamientos de tierra en Marte y en la Tierra, y colaboró en el equipo científico del rover Curiosity antes de ser astronauta. Voló por primera vez en la misión Crew-4, entre abril y octubre de 2022, donde acumuló 170 días en el espacio. Ahora vuelve como comandante.Fuente: biografía oficial de la NASA

La composición de la tripulación tiene además una lectura política: estadounidenses, un canadiense y un ruso viajando juntos. Pese al contexto geopolítico, la estación sigue operando como lo que fue diseñada para ser, un proyecto compartido en el que las tres agencias colaboran en operaciones, ciencia y mantenimiento.

Lo que de verdad empieza ahora

El récord dura un titular; el trabajo dura seis meses. La microgravedad ofrece algo que no se puede reproducir en un laboratorio terrestre: sin el peso tirando hacia abajo, las células, los fluidos y los tejidos se organizan de otra manera, y eso permite observar procesos que en la Tierra quedan tapados por la gravedad.

Entre las investigaciones previstas hay cuatro líneas que destacan. La primera es la producción de tejidos derivados de células madre humanas en microgravedad, con la vista puesta en la medicina personalizada, el estudio de enfermedades y las pruebas de medicamentos; la NASA menciona aplicaciones en dolencias cardiovasculares y en el párkinson.

La segunda es un sistema de cultivo de plantas que funciona de forma mayoritariamente autónoma. No es jardinería: una misión a Marte no puede llevar desde la Tierra toda la comida de varios años, así que aprender a cultivar sin supervisión constante es un requisito, no un adorno.

La tercera sigue estudiando el propio cuerpo humano, en particular las alteraciones de la circulación sanguínea y otros efectos de pasar mucho tiempo en órbita. Y la cuarta es un dispositivo de diagnóstico pensado para vigilar la salud de la tripulación sin equipos grandes ni procedimientos complejos.

Esta última tiene más sentido del que parece a primera vista. En la estación, un astronauta con un problema médico puede hablar con un equipo en Houston casi al instante. Camino a Marte, cada mensaje tardaría varios minutos en llegar, y otros tantos la respuesta. Cuanto más lejos se viaja, más autónoma tiene que ser la medicina a bordo.

Por qué importa

Dos cosas, más allá del cronómetro. La primera es que Crew-13 confirma una rutina que hace una década era una apuesta: una empresa privada opera el transporte de astronautas dentro de un programa de la NASA, y lo hace con tal regularidad que la noticia ya no es que funcione, sino cuánto tardó. La agencia enmarca estas misiones en su programa de órbita baja, con el que mantiene acceso fiable a la estación mientras desarrolla las capacidades para ir más lejos.

La segunda es que la ISS se está comportando cada vez más como lo que será su legado: un banco de pruebas para aprender a vivir fuera de la Tierra antes de intentarlo donde no hay vuelta rápida. Cada cultivo que crece solo, cada tejido fabricado en ingravidez y cada aparato de diagnóstico que cabe en una mano son piezas de un problema mayor, el de mantener personas sanas y productivas a meses de distancia de casa.

Crew-13 empezó con un viaje de menos de ocho horas. Lo que valga la misión se sabrá dentro de seis meses, cuando se vea qué salió de los experimentos. Pero el récord deja una señal interesante: llegar a la órbita baja se está volviendo tan rutinario que ya se compite por hacerlo rápido.

Fuentes: NASA, blog de la Estación Espacial Internacional, Spaceflight Now y Space.com. Imagen: despegue de Crew-13, foto de NASA/John Kraus (dominio público).

Del código generado al código confiable: así quiere GitHub verificar a los agentes de IA

Diagrama sobre fondo oscuro de la cadena que va del agente al código, los controles automáticos, el pull request y la revisión humana

Durante los primeros años de la programación asistida por inteligencia artificial la pregunta era si una máquina podía escribir código aprovechable. Esa discusión está zanjada. La que la sustituye es bastante más incómoda: ¿cómo sabemos que el código que escribe un agente funciona y es seguro?

No es una pregunta teórica. GitHub ya permite que agentes de programación ajenos a la casa —entre ellos Claude y Codex— trabajen directamente sobre repositorios, y desde junio aplica una capa de controles automáticos a lo que producen. El tema además ocupa buena parte de la agenda de GitHub Universe 2026, que se celebrará el 28 y 29 de octubre en el Fort Mason Center de San Francisco, con seguimiento en línea.

El cambio se resume en dos frases. Antes: «la IA me ayuda a escribir código». Ahora: «tengo un agente que puede modificar mi proyecto, ¿cómo controlo y verifico lo que hace?».

El problema ya no es generar código

Un asistente moderno hace mucho más que completar una función. Puede recorrer un repositorio, buscar archivos relacionados, modificar varios componentes a la vez, escribir pruebas, ejecutar comandos, instalar dependencias, investigar un error, abrir un pull request y responder a los comentarios de la revisión.

Eso cambia el problema de raíz. Cuando la IA sugería una línea, el programador la leía antes de aceptarla. Cuando un agente toca veinte archivos y deja un pull request listo, revisar cada decisión a mano deja de ser realista.

Que las pruebas pasen no significa que funcione

Aquí está el matiz que más cuesta interiorizar: una prueba puede pasar y la aplicación seguir rota. Ocurre cuando la prueba no cubre el comportamiento real, cuando la expectativa escrita en el test es incorrecta, cuando el agente cambió el código pero no el entorno que necesitaba, cuando el fallo solo aparece al integrar, o cuando el problema está en la infraestructura y no en el programa.

Por eso la verificación útil no es un sí o un no, sino una serie de preguntas encadenadas, cada una con un alcance distinto.

NivelLa pregunta que responde
Compilación¿El código siquiera compila?
Pruebas¿Pasan las pruebas automatizadas?
Integración¿Las piezas funcionan juntas?
Seguridad¿Introdujo alguna vulnerabilidad?
Dependencias¿Añadió paquetes vulnerables o sospechosos?
Comportamiento¿La aplicación hace lo que se esperaba?
Revisión¿El cambio encaja con este proyecto?

Ninguno de esos niveles basta por sí solo para confiar en el trabajo de un agente.

GitHub ya está aplicando controles

Esto dejó de ser una conversación sobre el futuro el 9 de junio de 2026, cuando GitHub puso en disponibilidad general la validación de seguridad para agentes de programación de terceros. Cuando uno de esos agentes escribe código en un repositorio, la plataforma lo analiza automáticamente antes de cerrar el pull request.

Son tres comprobaciones: CodeQL busca vulnerabilidades, las dependencias nuevas se contrastan contra la base de avisos de GitHub, y el escaneo de secretos detecta claves y tokens. Si algo salta, el propio agente intenta resolverlo antes de dar el cambio por terminado.

Cadena de verificación del código generado Agente escribe el cambio Código todavía sin confianza CodeQL · vulnerabilidades Escaneo de secretos Dependencias nuevas Pull request ya corregido el agente corrige lo que salta
Las tres comprobaciones corren en paralelo y lo que encuentran vuelve al agente antes de que el cambio llegue a revisión.

Hay tres detalles prácticos que conviene conocer. Las comprobaciones vienen activadas por defecto y siguen la configuración de Copilot que ya tenga el repositorio. No hacen falta licencias adicionales: no requieren GitHub Advanced Security. Y no son un estreno absoluto, sino la extensión de lo que GitHub lanzó para su propio agente en octubre de 2025, que según la compañía ya ha evitado cientos de filtraciones y vulnerabilidades potenciales.

Las dependencias son un problema aparte

Un agente puede decidir que la forma rápida de resolver algo es instalar una biblioteca. Parece una operación trivial, pero cada dependencia arrastra las suyas, y el árbol crece sin que nadie lo haya revisado.

Dependencias directas e indirectas Tu aplicación biblioteca A biblioteca E biblioteca B biblioteca C biblioteca D elegidas por ti arrastradas sin decidirlo
Instalar un paquete es confiar también en todo lo que ese paquete trae consigo.

El riesgo no es nuevo, pero sí su frecuencia: un agente produce cambios mucho más rápido que una persona, así que también incorpora dependencias mucho más a menudo. Universe dedica una de sus sesiones precisamente a lo que ocurre detrás de un npm install: procedencia de los paquetes, procesos de publicación y mecanismos como OpenID Connect.

El agente también necesita permisos

Un agente no solo escribe: usa herramientas. Y cada herramienta es un permiso que alguien le concedió.

Capacidades de un agente, por nivel de riesgo Agente BAJO RIESGO leer archivos · buscar en el código · consultar el historial REQUIERE LÍMITES modificar archivos · ejecutar comandos · instalar dependencias · usar APIs DENEGAR POR DISEÑO fusionar un pull request · desplegar a producción · tocar secretos
La diferencia entre pedirle a un agente que no haga algo y quitarle técnicamente la capacidad de hacerlo.
Una instrucción no es un mecanismo de seguridad. Decirle a un agente «no hagas merge» en un archivo de instrucciones no es lo mismo que no darle el permiso para fusionar. Lo primero depende de que obedezca; lo segundo, no.

Es justo el tipo de distinción que GitHub está abordando con la autorización sobre servidores MCP, con escenarios donde un agente puede abrir un pull request pero no cerrarlo.

La memoria también hay que administrarla

Parecería que cuanto más recuerde un agente, mejor. GitHub sostiene lo contrario: acumular demasiado contexto puede incluso empeorar su rendimiento en determinadas tareas. Un agente puede aprender las convenciones del equipo y las decisiones de arquitectura, pero también puede arrastrar información que dejó de ser cierta después de una migración.

La pregunta útil, entonces, no es qué debe recordar, sino qué debería olvidar.

El contexto como infraestructura

Esto conecta con una práctica cada vez más extendida: usar archivos como AGENTS.md para dejar por escrito las reglas del proyecto. Un archivo corto basta:

# AGENTS.md

## Proyecto
Aplicación web con React y Python.

## Reglas
- Ejecutar las pruebas después de modificar código.
- No almacenar secretos.
- No introducir dependencias sin justificarlas.

## Verificación
Antes de terminar: pruebas, lint, build y revisar el git diff.

Cuando varios agentes y varias personas comparten esas reglas, el contexto deja de ser una preferencia individual y empieza a comportarse como infraestructura del equipo: algo que se versiona, se revisa y se mantiene. Una de las sesiones anunciadas para Universe lleva precisamente ese título, «trata tu contexto de IA como infraestructura».

Evaluar al agente, no solo al código

Queda una pieza más: saber si el agente que usas es bueno para lo que tú haces. Una puntuación alta en un banco de pruebas no garantiza que sea útil en tu repositorio. Un agente puede resolver errores sencillos a gran velocidad y, al mismo tiempo, tocar más archivos de la cuenta, añadir dependencias innecesarias o no entender la arquitectura que ya existe. Universe dedica una sesión a esa brecha, con un título que no se anda con rodeos: «tu banco de pruebas te está mintiendo».

Qué puedes hacer hoy

Nada de esto exige esperar a las herramientas que vengan. Hay prácticas que ya funcionan: usar control de versiones y revisar el git diff de cada tanda; mantener las reglas del proyecto por escrito; exigir pruebas antes de dar un cambio por terminado; limitar permisos, porque quien modifica código no necesariamente debe poder desplegarlo; revisar con lupa las dependencias nuevas; apoyarse en análisis estático y escaneo de secretos; y reservar para el equipo las decisiones de arquitectura y las acciones de alto impacto.

Por qué importa

La objeción evidente es si todo esto significa que programar con IA sea inseguro. No exactamente: lo que cambia es la escala. Una persona produce un número acotado de cambios al día; un agente, muchos más. Aunque cada modificación tenga una probabilidad pequeña de introducir un problema, el volumen multiplica las ocasiones. La respuesta lógica no es frenar la generación, sino automatizar también la revisión.

Ahí está el desplazamiento de fondo. El oficio no desaparece, se mueve: menos tiempo escribiendo cada línea y más definiendo arquitectura, fijando restricciones, decidiendo qué puede hacer el agente, diseñando las pruebas y comprobando que el producto resuelve el problema. La habilidad valiosa deja de ser solo escribir código rápido y pasa a incluir saber dirigir y verificar sistemas que escriben código.

Durante años el reto fue conseguir que los modelos generaran código suficientemente bueno. Ese problema sigue ahí, pero encima apareció otro más interesante: construir la ingeniería que rodea a unos agentes capaces de producir mucho código por su cuenta. Que GitHub lo haya puesto en el centro de su conferencia anual, y que ya tenga una parte funcionando en producción, dice bastante sobre qué parte del problema considera resuelta y cuál no.

Fuentes: GitHub Changelog, validación de seguridad para agentes de terceros y GitHub Universe 2026.

Linux en septiembre: cuatro fallos que dan acceso root y los primeros parches del kernel firmados con ayuda de IA

Tux, el pingüino mascota de Linux, junto a tres datos del mes: cuatro CVE, Linux 7.3-rc5 y la etiqueta Assisted-by: LLM

El kernel de Linux es la capa que conecta el hardware con todo lo demás, y está debajo de una cantidad enorme de infraestructura: servidores, nubes públicas, teléfonos, routers y supercomputadoras. Por eso un fallo ahí no se parece a un fallo en una aplicación cualquiera, y por eso cada tanda de correcciones importa más de lo que su discreción sugiere.

Septiembre dejó tres frentes abiertos a la vez. Red Hat agrupó cuatro vulnerabilidades de la pila de red que, cumpliéndose ciertas condiciones, permiten que un usuario local llegue a root. Ubuntu publicó su propia tanda de parches para un conjunto distinto de fallos. Y mientras tanto, el desarrollo de Linux 7.3 avanzó hasta su quinta versión candidata, con un detalle nuevo en el historial de cambios: parches que llevan escrito que los encontró una inteligencia artificial.

Claves del mes en el kernel

  • Cuatro fallos de escalada a root: Red Hat los agrupó el 19 de septiembre en el aviso RHSB-2026-011, actualizado el día 26. Afectan a la infraestructura de red del kernel y alcanzan a Red Hat Enterprise Linux 6 a 10 y a OpenShift.
  • Tienen nombre: DirtyAH6 (CVE-2026-80844), TUNderflow (CVE-2026-81000), PPPoEject (CVE-2026-68121) y DiagSpill (CVE-2026-74469). Tocan, respectivamente, el subsistema IPv6 AH6/XFRM, el controlador TUN/TAP, la ruta de transmisión de PPPoE y los diagnósticos de SCTP.
  • Ubuntu fue por su cuenta: el 30 de septiembre publicó USN-8851-1, con correcciones para el servidor NFS, IPv6 y Netfilter (CVE-2026-53221, CVE-2026-53131 y CVE-2025-38724), en Ubuntu 20.04 y 18.04 LTS. Incluye los kernels específicos para AWS, Azure, Google Cloud y Oracle Cloud, y exige reiniciar para que surtan efecto.
  • Linux 7.3-rc5: publicado el 27 de septiembre. Es una candidata, todavía no la versión estable. La rama estable sigue en 7.2.8, del día 25.
  • Parches con firma de IA: el subsistema IPE incorporó el 23 de septiembre dos correcciones de use-after-free marcadas con la etiqueta Assisted-by: LLM.

Cuatro vulnerabilidades con nombre propio

Las cuatro comparten el mismo patrón: un usuario sin privilegios que ya tiene acceso a la máquina puede, si se cumplen los requisitos de cada una, terminar con permisos de administrador. No son fallos que permitan entrar desde fuera, pero sí convertir un acceso menor en control total.

La distinción importa poco en un servidor compartido. Cuando varios usuarios, contenedores y servicios corren sobre el mismo kernel, la frontera entre ellos es el kernel: si esa frontera cede, se cae todo el esquema de aislamiento de una vez. Red Hat señala un caso aparte, DiagSpill, que no necesita espacios de nombres de usuario sin privilegios y que en ciertas configuraciones de SCTP podría provocar además una denegación de servicio remota.

La empresa dice haber publicado ya las correcciones para buena parte de sus líneas de producto y estar acelerando las restantes.Fuente: Red Hat, RHSB-2026-011

Actualizar el kernel no es lo mismo que cambiar de versión

Aquí hay una confusión frecuente. Corregir una vulnerabilidad del kernel casi nunca significa instalar a mano una versión nueva desde kernel.org: cada distribución mantiene su propia rama y aplica los parches sobre ella. El resultado es que el número de versión puede quedarse igual mientras el fallo ya está corregido.

El aviso de Ubuntu lo ilustra bien. Además de los kernels genéricos, publica paquetes distintos para cada nube —linux-aws, linux-azure, linux-gcp, linux-oracle—, porque esos entornos usan kernels adaptados. Y advierte algo que se pasa por alto con facilidad: instalar la actualización no basta, hay que reiniciar para que el kernel nuevo entre en servicio.Fuente: Ubuntu Security Notice USN-8851-1

Por eso la pregunta útil no es «qué distribución tengo», sino «qué versión del kernel estoy ejecutando ahora mismo y qué actualizaciones de seguridad publica mi distribución para esa rama».

Linux 7.3 se acerca

Mientras las distribuciones tapan agujeros, la siguiente versión sigue su curso. Linux 7.3-rc5 salió el 27 de septiembre con correcciones repartidas por controladores, red, arquitectura, virtualización, BPF, sistemas de archivos y gráficos. Al ser una candidata, todavía faltan algunas semanas de pruebas antes de la versión definitiva.Fuente: kernel.org

En paralelo hay trabajo de mantenimiento menos visible pero con efectos medibles. Una serie de parches propone resincronizar el código de compresión LZ4 del kernel con el del proyecto original, del que llevaba años separado. Las mediciones publicadas junto a la serie reportan mejoras de entre 11% y 14% en algunas pruebas con el sistema de archivos EROFS, y de hasta 21% en escenarios concretos. Conviene leer esas cifras con cuidado: corresponden a pruebas puntuales, no a una mejora general, y la serie todavía no está integrada en la rama principal.

La IA ya deja su firma en los parches

El cambio más interesante del mes no es una función de Linux 7.3, sino cómo se están encontrando algunos errores. El kernel tiene decenas de millones de líneas y una maraña de interacciones entre subsistemas; hay fallos que un humano tardaría muchísimo en ver.

El 23 de septiembre, el subsistema IPE (Integrity Policy Enforcement) incorporó dos correcciones de use-after-free: una protege el hash raíz de dm-verity con RCU, y la otra evita que una política recién cargada se libere mientras se está auditando. Ambas llevan la etiqueta Assisted-by: LLM en el mensaje del commit, y ambas están marcadas para retroportarse a las ramas estables.

Hay un detalle revelador en uno de esos mensajes: una nota del mantenedor indica que se quitó el nombre del modelo «según la directriz más reciente». Es decir, la comunidad del kernel no solo acepta ya estas contribuciones, sino que está escribiendo reglas sobre cómo deben declararse.

Conviene no exagerar lo que significa. La IA no está sustituyendo a los mantenedores: actúa como una herramienta más para rastrear patrones sospechosos, errores de manejo de memoria o condiciones de carrera en una base de código gigantesca. Cada hallazgo sigue pasando por revisión humana, pruebas y la firma de un desarrollador que se hace responsable de él.

En la misma línea, los desarrolladores discuten añadir al árbol de código un archivo AGENTS.md, el formato que se usa para darle instrucciones a los agentes de programación. La propuesta surgió al ver que algunos agentes interpretaban mal las convenciones del proyecto, incluidas las etiquetas de autoría y certificación de los parches. Todavía no está en el árbol oficial, pero la discusión marca un cambio de fondo: los proyectos empiezan a documentar no solo cómo debe trabajar una persona, sino también cómo debe comportarse una máquina que colabora.

Por qué importa

Para quien usa Linux en el escritorio, casi nada de esto se nota: la distribución integra las correcciones y llegan con las actualizaciones normales. En servidores la historia cambia, porque una máquina puede pasar meses encendida dando servicio y el parche instalado no sirve de nada hasta que se reinicia.

Detrás de los tres frentes de este mes hay una misma dinámica. Linux soporta cada vez más hardware, arquitecturas y tecnologías, así que es cada vez más complejo; cuanto más complejo, más herramientas automáticas hacen falta para mantenerlo seguro —fuzzers, analizadores estáticos y ahora modelos de lenguaje—; y cuanto mejores son esas herramientas, más errores salen a la luz. Los avisos de seguridad no son señal de que el kernel esté peor, sino de que se está mirando con más lupa.

Para los administradores, el mensaje práctico no ha cambiado en veinte años: mantener el kernel actualizado y reiniciar cuando toca sigue siendo de las tareas de seguridad más básicas y más pospuestas. Lo que sí cambió es quién encuentra los fallos. Que dos parches del kernel lleven escrito que los halló un modelo de lenguaje, y que exista una directriz sobre cómo declararlo, dice bastante sobre hacia dónde va el desarrollo de software: la IA ya no solo corre sobre Linux, también ayuda a construirlo.

Fuentes: Red Hat RHSB-2026-011, Ubuntu USN-8851-1, kernel.org y el árbol de código del kernel. Imagen: Tux, mascota de Linux (CC0, Wikimedia Commons, basado en el diseño de Larry Ewing).