Cinco investigadores de Cornell Tech, Columbia y la Universidad de Nueva York, entre ellos el jurista James Grimmelmann, publicaron un artículo que empieza con una frase directa: «La IA generativa está poniendo bajo una fuerte presión las leyes de la ingeniería inversa». Su argumento es que las leyes de propiedad intelectual contaban con que desarmar un programa o un aparato fuera lento, caro y cosa de expertos, y que esa dificultad era la que separaba en la práctica estudiar un producto de copiarlo. Con agentes de programación, ese freno casi desaparece.
La ingeniería inversa es averiguar cómo funciona algo a partir del producto terminado, sin sus planos ni su código fuente: abrir un aparato, leer su firmware, descompilar un programa. Es legal en muchos casos y tiene usos de sobra, de la compatibilidad entre programas a la seguridad y la reparación, pero también es la puerta para clonar productos. El ejemplo clásico de lo difícil que era es Wine, el proyecto para correr programas de Windows en Linux: tardó quince años en llegar a la versión 1.0.
El artículo apareció en arXiv el 26 de octubre, con una versión revisada el 30, y se presentará en el simposio de Ciencias de la Computación y Derecho de la ACM en marzo de 2027. Llega en una semana cargada: Microsoft prohibió la ingeniería inversa en sus servicios en línea y Anthropic le pidió a Claude Code que no recree juegos que ya existen.
Los casos que recoge el artículo
- Un generador de claves en una hora. El ingeniero Tom Verbeure tardó cerca de un día en encontrar, con Ghidra, la rutina que valida las opciones de pago de un generador de señales Rohde & Schwarz. Con la pista de que usaba MD5, Codex le hizo un generador de claves funcional en una hora.
- Un BIOS abierto con un byte. En una laptop HP, Claude cambió un solo byte de la verificación de firma del BIOS para que siempre diera por buena la firma; con otros dos cambios aparecieron 55 ajustes y cuatro pestañas ocultas.
- Photoshop, reconstruido en dos semanas. PhotoCraft, una reimplementación en Rust, igualó el resultado de Photoshop en 146 de 170 archivos de prueba, aunque su autor calcula que está apenas a un 25 o 35 % de estar lista.
- Un juego completo, descompilado por una persona. Un solo desarrollador usó enjambres de agentes durante unos tres meses para descompilar Call of Duty: Modern Warfare 2, con el 99 % de sus funciones.
- Aparatos rescatados. Weber apagó el 22 de septiembre los servidores de sus hornos inteligentes June y se negó a liberar su app; voluntarios les instalan ahora un servidor local. Otro dueño usó un agente para revivir un medidor de energía de una empresa en quiebra.
- Licencias cambiadas. La biblioteca Chardet, con licencia LGPL, fue reescrita con ayuda de IA y publicada con la licencia MIT, más permisiva.
Lo que está en juego para quien compra un aparato
Los autores repasan cinco áreas de la ley de EE. UU. En el secreto industrial, la ingeniería inversa es un medio legítimo, así que todo lo que se vuelva fácil de averiguar deja de estar protegido. En los derechos de autor, descompilar para entender cómo funciona algo puede ser uso justo, pero copiar el código sigue siendo ilegal, y nadie sabe aún qué tan «limpia» es una reconstrucción hecha por una IA que leyó el original. La sección 1201 de la DMCA prohíbe saltar candados digitales aunque el fin sea legal; la ley de fraude informático (CFAA) casi no toca lo que haces con tu propio aparato, pero sí el acceso automatizado a servicios en línea; y los contratos de licencia que prohíben la ingeniería inversa suelen ser válidos. Esas dos últimas empujan a las empresas a mover más funciones a la nube, donde el usuario no puede abrir nada.
De ahí salen cuatro caminos posibles, y el artículo no se inclina por ninguno. Uno es no hacer nada y dejar que el mercado se acomode. Otro es restaurar el equilibrio anterior: endurecer las leyes contra saltar candados digitales y obligar a las IA a negarse a hacer ingeniería inversa, que es justo lo que algunas empresas ya empezaron a hacer por su cuenta. El tercero es avanzar: ampliar el derecho a la ingeniería inversa, impedir que los contratos la prohíban y dar protección a las reconstrucciones «en limpio» hechas con IA. El cuarto es la propiedad digital: que quien compra un aparato tenga derecho a estudiarlo y modificarlo, como con cualquier objeto propio, aunque eso no cubriría el software en la nube.
Para el usuario común la discusión no es abstracta. El caso de los hornos de Weber muestra lo que pasa cuando un fabricante apaga sus servidores, y en EE. UU. ya se discute si se puede saltar el DRM de juegos abandonados. Lo que antes requería meses de un experto ahora puede costar una tarde con un agente, y la ley tendrá que decidir si eso es una amenaza para los fabricantes o una herramienta para los dueños.
